martes, 2 de agosto de 2016

Cuando conocí a Lisandro


En el año 2013 conocí a Aristimuño. Fue en un bar en Villa Crespo. Para contar esta historia tengo que agregar también que ese día, había salido con un chico por primera vez. Habíamos ido a otro bar antes y por nerviosismo o lentitud, las horas pasaron charlando sobre el libro de Fogwill con el que me esperó leyendo (mientras yo llegaba previsiblemente tarde), hasta que no quedó nadie y fuimos al bar donde conocí a Aristimuño. Cuando llegamos, yo corrí al baño a retocarme el maquillaje y el muchacho me esperó en la barra con dos botellitas de cerveza. Yo no sabía que ellos tampoco se conocían, pero cuando salí del baño, lo vi conversando con alguien y me puse más nerviosa, hay que saludar a un tercero, pensé, y me acerqué despacio. Te presento a un amigo, me dijo. Hola, qué tal, cómo te llamás, le pregunté como una idiota. Lisandro, respondió (claro, qué iba a responder). Charlamos un rato. Pasó que Aristimuño había tomado la cerveza del muchacho por equivocación y medio esquivo accedió a quedarse para que nos presentaran porque yo también durante mucho tiempo había ido a sus recitales. Aristimuño estaba bastante escabio. El muchacho y yo estábamos muy nerviosos porque era la primera vez que salíamos. Entonces Aristimuño preguntó qué hacíamos y cómo nos conocíamos. El muchacho le dijo que yo era poeta, lo dijo orgulloso. Pero que no nos conocíamos: era la primera vez que salíamos. Entonces, ya pudiendo decirle Lisandro, nos preguntó si nos gustábamos. El muchacho me miró, hizo una pausa y dijo que sí. Que yo le gustaba. Entonces Lisandro tiró sus magias y se fue, para que los nerviosos tiráramos las nuestras. Apenas volvió a saludarnos cuando vio que nos besábamos. Seguía escabio, él. Nos miró, nos guiñó un ojo y dijo: qué bueno esto, los dejo tranquilos. Recién pude volver a ver en vivo a Lisandro el día que decidimos con el muchacho que no nos íbamos a ver más. Durante ese recital lloré mucho. Pasó un tiempo hasta que pude escuchar estas canciones sin que se me viniera el recuerdo mágico-amoroso a la cabeza. Pero pasó ya tanto tiempo que hasta parece que todo esto que cuento le pasó a otros, más nerviosos, más ingenuos, más desconocidos de lo que son hoy el uno para el otro.

domingo, 24 de julio de 2016

Vis magna


Quién dijo que hay que nombrar a la violencia si se nota
en las formas agresivas que suelen ser observables
en las marcas que ejercen los tiempos que corren
en los cuerpos dañados y vulnerables
prestos para la ocasión en la que por elección o por azar
nacimos mujeres
o nos hicimos mujeres,
da lo mismo
si a la violencia no le entra su nombre en un sopapo
ni en un tono de voz determinado
yo digo que mi cuerpo se enferma saboteado
cuando desplegamos un deseo que
con la ilusión que caracteriza a los deseos
termina agotado a rastras con hambre y sed
desnudo famélico por favor
te dice
el daño aprieta fuerte por silencio e inacción
hasta romperte el cuello
y una desea en cambio que le rompan el cuello
porque así al menos
nos entraría más rápido por los sentidos
lo violento del asunto que no detectamos
y el silencio la omisión
la indiferencia que es mi pata vulnerable
contamina todo el mundo
que le armamos al deseo
de dormir juntos
para luego ser enviado a donde duermen los perros
en la calle
y está helado
ahí afuera
y es difícil
y es mi culpa yo lo hice
y me lo creo
al enunciarlo le das vida
y lo entregamos a otras voces
a cambio apenas de un bocado
por creerme
que el lenguaje es otra cosa
más que un conjunto de momentos compartidos
bajo el mismo techo
y desnutrido mi deseo
te reclama tiene frío
se acostumbra a tu maltrato
siempre enmascarado
en la forma de un lenguaje
o de una ausencia
y el lenguaje es otra cosa
que va y viene
y el maltrato es
recibir sólo a tu antojo
y la violencia es invadirme con sequía de palabras
hasta que una se encuentra sola con sus palabras
aisladas del contacto comunicativo
y no teniendo de donde agarrarse
las palabras suenan solas para adentro
como campanas diseñadas chiquititas a propósito
hacen eco hasta que suenan repetidas solitarias
las palabras van dejando de significar cosas
y lo más humano que tiene una como poeta
son las palabras
que ya no dicen el deseo porque murió de hambre
y eso es violento porque le quitaste la empatía
de sentir la vida en las palabras que voy deseando
y que ya no escucho
más que como fantasmas que se me aparecen vengativos
esperando una venganza justa de su muerte
y no hay manera que remplace
este decir que me mataste
la violencia deliberada o se nombra
o se repite.

jueves, 21 de julio de 2016

Mariposas pegadas con poxirrán

casi está el amor
contenido en este gesto
reducción de daños
yo no sé si vos firmarías una tregua
reducción de daños
¡Así se trabaja!- Flopa-Minimal




Quiero trabajar el desapego
pero lo que el tiempo diluye
yo lo aprieto
con la fuerza del poxirrán,
le armo una casita a los recuerdos,
pongo a dormir en los rincones
las palabras que para mí son vida
dentro de este monoambiente
cómodo luminoso con cocina incluida
que llamaremos
empecinamiento de las afectaciones
el lugar en el que nos citamos
aunque sabemos que en realidad no es tan
cómodo ni luminoso,
más bien pequeño pero es lo que hay
porque lo usamos ni bien llegamos
para besamos
y dejarte carnearme en mi ropa interior
haciendo que cada visita me deje colgando
el cuerpo
en tu mano como
-una
-----r
-----e
-----s.


II 


Con la fuerza del poxirrán
pegué en mi álbum
la colección de mensajes
que me mandabas cuando apenas nos conocíamos
y que fui juntando
como quien mete mariposas muertas
en los libros pero
yo
qué
sabía
de la metáfora de la mariposa que nunca se alcanza,
si es en la distancia que uno
siente la falta
y la verdad es que
no te tengo
ni te alcanzo, pero
realmente
quiero trabajar el desapego
aunque guarde con deseos de nena
tus palabras
como si fueran las alitas descoloridas
de algo
que apenas se sabe
qué fueron.


lunes, 11 de julio de 2016

Microrrelatos

1. Infancia

Cómo contar que me leyó en la cama un fragmento de un libro que sonaba triste, como la historia triste que me había contado antes. Las historias de los hombres con los que duermo vienen siendo así. Sin querer me encuentro escuchando los relatos con los que me alimento y mi cuerpo crece enrojecido de prestarle atención a este en particular, y me acomodo en la almohada como cuando era la hora de contada de cuentos en el jardín y me infantilizo al extremo en el que cualquier roce se convierte en cosquilla, y me río, como reflejo. La maestra del jardín, después de leernos el cuento del día, antes de la pequeña siesta que nos dejaba a los monstruitos haciéndonos los dormidos, tomaba un pincel y nos hacía caricias por las mejillas con las cerdas suaves y limpias. Yo a este, quiero hacerle caricias con mi pincel, acariciar su pasado, tranquilizar su mueca nerviosa. Como no nos tocamos así, cuando se va, me acuerdo de las historias que me contó y agarro un pincel y pinto y siento como si la maestra del jardín me llevara a dormir la siesta, porque en el fondo sé que no debo tomarme en serio las historias que relata de noche, porque la noche además de oscura es el terreno de la fantasía y lo que vemos con esos ojos, algún día será otra de las ficciones con las que vamos a evocar los libros, los pinceles, las almohadas y, tal vez, quién sabe, las personas nuevas.


2. Sueños

Te levantás mucho para ir al baño de noche, dice. Tenés razón, contesto, sí. Lo que pasa y no sabe es que cuando duermo con él, tengo sueños y me cuesta dormirme. Es la incomodidad de tratar de dormir pensando en cómo te vas a dormir. Viene la exageración del caso en particular porque en el desajuste de compartir una cama con otra persona se chocan desde las formas de acostarse y tomar la almohada hasta la posibilidad de rozar un brazo, una espalda, un pie. Me pregunto por qué pienso en esas cosas antes de dormir, por qué sueño con él cuando duermo y por qué me tengo que parar y buscar agua, ir al baño, bajar la persiana y volver a acomodarme y repetir el ritual. Nunca nos pusimos de acuerdo sobre los términos en los que podemos dormir juntos: no entendemos la potencialidad del dormir juntos y nos acostumbramos a acostarnos siempre con la sensación extraña del que duerme con alguien por primera vez. Pero hay algo distinto. Nos leemos cuentos y poemas y nos quedamos dormidos, y me da vergüenza pedirle que me abrace. Lo acuso por su frialdad y su manera de dormir, y le recuerdo sus pasados. Le pincho un brazo en vez de hacer caricias, no sé hacer caricias, pienso mientras tanto. No sé dormir con él, no sé decir bien, no sé por qué la vergüenza, no sé en qué piensa y pienso que él no piensa nada, y la vergüenza es eso: entre tanto silencio antes de dormir se disputa la batalla de la memoria más inmediata, ver cómo, momentos antes, nuestras bocas se permitieron el descaro de recorrer las porciones de piel más sensibles y eso fue el goce que sacamos, y eso justifica el placer que nos regalamos, el grito que yo doy y compartimos, el decir mientras lo hacemos que nos gusta y cómo nos gusta con tal convencimiento de que lo que cada uno hace para el otro es esencialmente para sí, como si no hubiera fronteras entre los cuerpos que son los nuestros y la temperatura es la misma y la voluntad es la misma y las desprolijidades y las imperfecciones se tornan imperceptibles porque naturalizamos la forma cuando nos besamos, y entonces deseamos la continuidad, la continuidad del otro que despliega por azar un brazo y roza mi mano, o mi pecho, y a mí me da vergüenza, porque así no dormimos, y en realidad es por el miedo de todo lo que no nos dijimos por privilegiar el beso contagioso, porque dormir y despertar, sobre todo, me aterra, y creo que a él también, porque ritualizamos los goces y condenamos al sentimiento, entonces la barrera fina entre el deseo y el miedo está impregnada en la sábana, no me puedo dormir, tengo sueños, me muevo, lo pincho, lo toco, le hablo, le pregunto si se durmió, no sé si por decir algo así descubra si se pregunta, si se cuestiona sobre las posibilidades de dormir de otro modo, automáticamente me respondo que no, abro los ojos en la oscuridad, me levanto, busco algo, tomo agua, entro al baño, me miro al espejo y me veo la máscara de pestañas corrida por el cuenco del ojo, tuve un sueño, no lo recuerdo bien pero me perturba esa cosa de acostarme y soñar con quien me acuesto, entonces vuelvo a la cama y me duermo imaginando en qué pensará este al que invité a mi cama sobre encontrarse ahí cuando despierte.


3. Las cosas bellas

A las cosas bellas hay que elegirlas en constelación, por separado pueden resultar horrorosas y muchas dispuestas en conjunto pueden causar algo parecido a la nada. Desde que elijo la ropa para vestirme y el color de sombra para los ojos pienso en cosas bellas. Me preocupa, me delata, yo no soy bella, pero me construyo, vamos viendo. Por eso cuando salgo con alguien que me dice que me prefiere desarreglada, me enojo. Yo no me quiero desarreglada. Yo me arreglo. Me coso la media corrida y me pongo perfume. Lavo el vestido más lindo que se me ocurra y lo preparo desde el día anterior. Hubo dos personas a las que quise mucho y me quisieron también, que me dijeron que les gustaba más cuando en vez de vestido me ponía una camisa de las que uso para trabajar y eso me lastimó mucho. Qué tiene esa camisa que uso una vez por semana durante todo el año, que no se distingue del resto de los días más que por el ciclo del lavado en el hueco de la ropa, como si no hubiera hecho un esfuerzo en elegir un vestido y tomarme el tiempo y renunciar a las voces del feminismo ortodoxo y del convencional también, que me dicen que no soy un objeto y realmente pienso que no soy un objeto, aunque me gusten las cosas bellas; la cuestión es que en mi constelación de cosas bellas además de mis vestidos le sumo porque siempre están, sus preocupaciones estéticas al borde de la desmesura, de las que me río muchas veces y pienso, ese chaleco no va con ese pantalón de jean, pero me lo guardo, me lo guardo y lo beso, porque valoro el esfuerzo, en el esfuerzo está la belleza de las cosas también, y en mis vestidos y en mis zapatos porque me dice: todavía no te los saques; dejátelos puestos.

4. Monstruos

Quedan las tazas, los vasos, los platos, las cenizas, las huellas, los pelitos, los aromas, los sobrecitos de los forros, la toalla de manos húmeda y torcida, la silla que nunca uso, corrida, unas almohadas de más en el suelo tiradas, un desayuno a medio terminar pudriéndose en la mesa, una bombacha secándose en algún rincón de la habitación, un papelito escrito con una frase inentendible, los libros movidos o corridos de lugar, la botella que dice jugo y tiene agua, fuera de la heladera y por la mitad, las botellas de vino que dicen vino y no tienen nada, sobre la mesa más chica, y en el buscador de google si pongo la letra jota aparece como primera opción algo de un planeta y la nasa, pero mi casa sigue siendo la misma, la tarde en la que vuelvo y observo, las cosas son como el resto de las tardes en las que no hubo nadie, la mugre la limpio, las botellas las tiro, la ropa la lavo, los libros ahí quedan, y con cierta incomodidad advierto los rastros como un camino para atrás en el tiempo en el que el día se hace de noche y todavía no me quedaba nada de esto y en perspectiva realmente no tengo nada, porque juntando restos no se cuentan historias, pero sí, y estoy segura porque lo vi con mis propios ojos, están las imágenes fantasmagóricas de un espectro que me visita de noche y sólo yo veo su rastro y me acostumbro y me siento cómoda y lo invoco, con las palabras, para que se haga cuerpo: no, no estoy loca.

sábado, 28 de mayo de 2016

De mala memoria


El único recuerdo que tengo de mí
alejado de todos mis humores y caprichos
de todos los insultos que proliferan
cuando no me banco
y no es tristeza 
y es ser una en este cuerpo
que reconozco por sus partes
cuando las desestimo
y me entra la rabia la violencia la puteada fácil
y me reconozco muerta
víctima de todo femicidio que aparezca en las noticias
el único recuerdo que no desestimo ni insulto ni me da rabia ni tristeza ni mal humor
está
en el beso que me unifica y me hace patria de la tierra que cargo
y me hace cuerpo de la carne que me sostiene así
conchuda
mujer
a pesar de que mañana
cuando me despierte y esa que escribió lo olvide
sólo tenga esto
un beso arrancado en la seguridad de haberme nombrado otra Florencia
sin miedo a la muerte ni al golpe en el útero
sin fobia al tacto que me bailó por dentro una zamba para olvidar
porque entre tanto macho violento
el único recuerdo que guardo como excepción
es el de tu beso que me unifica y me hace patria
y me invita a querer hermanarnos
y coger
tocar jadear perder la noción del yo
y del tiempo
querernos
ser nosotros incestuosos sin nombres
un deíctico
porque quién va a aprenderse este nosotros
si no lo escribo.
Por eso el ritual
de beso cuerpo patria
hermano, te deseo
y me corrijo si te da pudor,
vos sos entre tanto macho violento
el que elegí para que me de la paliza
el que termine con la mala memoria
el que prefiera el beso dado con cuerpo
sin necesidad de arrancarlo a palabras
en un millón de mensajitos de texto
sin silencio
sin perdón.

viernes, 13 de mayo de 2016

Una lectura neurótica del desamor



Cuando entendió que el aparato a través del cual imaginó el encuentro de foto a foto, de mensaje a mensaje, de voz a voz y con suerte, entre cuerpo y cuerpo, no iba a suplantar  la vuelta al medio más rudimentario, en el que a la oralidad sólo le cabe besarse y cumplir su destino de barbarie posmoderna, ese día pensó que rebelarse contra los medios modernos de comunicación es poner el cuerpo, y en ese momento visualizó finalmente cada fracaso en cada intento de decir la emoción en presencia de él. A su construcción deliberada y pampeana de provincia desierta de razón le gana siempre la violencia y por eso cuando dice algo lo dice con agresividad, como si estuviera en última instancia diciendo por su vida, delimitando las fronteras de su cuerpo, luchando por la enunciación que irónicamente tanto le cuesta.
Entonces cuando él llegaba a la provincia, con su traje de civilizado, recién ahí se abrían los dos paradigmas de los relatos con los que únicamente puede reconstruir la historia, porque ella, bárbara y gauchesca como la más primitiva tradición literaria iba a enfrentarse por primera vez a la obstinada línea arltiana de hombres rabiosos y melancólicos, virulentamente vanguardista, como él se llamaba a sí mismo, la vanguardia, o retrofuturismo, el absurdo del presente, como le contestaba ella. Del romanticismo de las llanuras a las imágenes expresionistas que evocaban los modos de hablar de él había mucho de pelea entre lo animal y lo maquinario y quizás en ese desajuste se concretó alguna vez el punto de contacto más eléctrico y prolífico. Si ella encarnaba la literatura gauchesca, la barbarie y su género predilecto era la poesía, a él lo deslumbraba la narrativa europea, autores italianos que ella nunca pudo -nunca quiso- recordar, entre citas y reescrituras de la biblia por su parte, y alusiones a cantos villeros del conurbano y héroes que morían enfrentándose a la policía, o enfiestándose fuera de la ley, por la de ella.
Porque si la mujer era romanticismo, ya no era la cautiva en fuga de Echeverría, sino la fabricación posmoderna de Ema de Aira, instalada en la provincia, engordando faisanes, o poemas, paradigma de lo absurdo de una resignificación femenina en la literatura de la década en la que nació, de los tiempos en los que peleó por inscribirse. Nada de sentimientros alegóricos de su tierra, más bien invasión desde la provincia hacia el centro, aunque tardara hora y media entre tren y colectivo.
Pero, como dice Leónidas, a la literatura gauchesca, el disfraz de gaucho no le queda del todo cómodo y previsiblemente, ella, tan romántica se convirtió también de a poco en una imagen bufonesca de sí.
Cuando le contestaba que estaba todo piola él sabía que había cierto esfuerzo de imitación del territorio y un poco de ocultamiento de lo trascendente que apenas dejaba entrever. Porque a pesar de todo, podía pronunciar en perfecto inglés las bebidas ostentosas que él tomaba, una gama de whiskeys que se negaba a beber pero que podía enumerar con soberbia. Fernet con Coca, iba a pedir siempre, a servirse siempre, a servirle a él. Si le ganó la barbarie el corazón es porque la razón no ocupa lugar en las emociones y en ese gesto, había también una declaración de principios. Siempre iba a preferir el sentimiento por sobre el raciocinio, y particularmente en esta historia, a la ciencia, a todo lo que se negaba para sí y que fue transmutando prontamente de objeto de estudio a objeto de deseo, lo que dejaba fuera de sus lecturas, e iba a buscar en este hombre Erdoisain de corbata y confabulaciones soberbias, oscuras, de cabellera engominada que transita Buenos Aires, todavía, como un fantasma con sombrero y fumando de una pipa.
Hay un dejo de ironía en el relato de los desajustes que es que en algún momento él también la deseó a ella, y cuando se mostraba salvaje él también lo hacía. A darle verga, como escribió Echeverría, traducción instantánea de la literatura al cuerpo, así se hacía sentir. El poder de la literatura está en el contagio, sostuvo alguna vez la romántica, como si escribir fuera para ella también un poco de enfermedad, y en su biblioteca hubieran muchos libros que él también deseaba leer. Pero sobre todo las transformaciones monstruosas que deliberadamente fueron permitiéndose para sí mismos, cuando él se vio ya sin palabras escuchando que ella le decía que finalmente había encontrado su límite, ahí dejaba plantada la tienda de la frontera, con puño y lanza, montada en sí misma como si en este decir épico se convirtiera en criatura mitológica mitad mujer y mitad yegua, hasta caer rendida en llanto y luego, cuando él la besaba, muerta, en su propio lecho de muerte, en su propia cama.
El sacrificio de un animal de las llanuras consta en darle muerte sin sufrimiento cuando ya no se puede obtener más beneficios de la bestia a punto de fallecer, y ella era una bestia que había cabalgado mucho hasta el punto donde habían llegado, muchas veces arrastrándolos a ambos hasta ese lugar remoto e inexplorado que también podría entenderse como la sensibilidad. Las yeguas son animales domésticos pero las mujeres ya no. Ese es el desajuste. El hombre de ciudad no busca domesticar sino perderse entre la muchedumbre, hacerse flaneur, cronista, invisible. Dónde iba a estar el espacio intermedio para las transformaciones mutuas si sus búsquedas no eran arriesgadas sino previsibles como el contacto con un otro por puro egoísmo estético, por ese disfrute de quererse por ser el uno más exótico para el otro, si todas las apropiaciones de la escritura moderna son en forma de cita, el límite del procedimiento sucedió aquí, entre la ciudad y la provincia, en la frontera de General Paz, cuando se vieron a sí mismos al desnudo, pidiendo auxilio, y entregándose al silencio, a fuerza de darse largos besos de despedida para luego quedarse cada uno solo frente a la pantalla de sus celulares sabiendo que el amor, el amor no se hace conversando como en la literatura, sino queriendo salirse del texto hacia las superficies más plenas que ninguna de las experiencias de este siglo tiene reservadas para un par de lectores que se erotizan hablando de Borges y se olvidan que en realidad el amor no se cita ni se escribe ni se busca del otro lado de una autopista, pero que se trabaja incansablemente hasta dejarnos al rojo vivo y enfermos de recuerdos salvajes e indomables que ningún libro pudiera alguna vez sustituirles. Tantas alegorías literarias para escribir que dos personas encomendadas a encontrarse no volverían a hacerlo, que el eje del deseo para los más racionales está perdido, completamente enredado, y que esa es toda la trama importante de la historia de amor que entre tanta ausencia alimentando el deseo, ya no se puede ni quiero escribir.

sábado, 9 de abril de 2016

Scalabritney


Britney survived 2007.
You can handle today.



I

Le gusta cambiar el nombre de las calles o las ciudades. Vive en Saint Ferdinand y se toma el tren para llegar a Jurabildo y enganchar otro bondi para verlo. Ayer lo esperó en Scalabritney. Llovía apenas y se estaba haciendo pis encima. Caminó unas cuadras mendigando un baño que ningún bar ni resto le cedió. Venía viajando un rato ya, en otro bondi, el que pasa por Avenida Cristobal Colón Colón que grande sos. Él le había dicho que podía esperarlo en Scalabritney.
Tenía un malestar en el cuerpo que le venía de antes. Se activaba el instinto de huida en ciertas ocasiones y le hacía doler los pies. Le molestaba la lluvia que le arruinaba el peinado y le humedecía la ropa. Lo peor es el agua en las medias de nailon, se vuelven pegajosas y no hay nada que pueda hacerle. La noche en sí es linda. La lluvia también es agradable pero le cuesta no quejarse en presencia de él. Algo de incomodidad tienen los encuentros. Lo familiar no lo percibe y se dedica a transformar los eventos en imágenes ominosas. Viajar puede ser una catástrofe. La lluvia puede ser impedimento. Y el afecto siempre le resulta monstruoso, pero porque no lo entiende.

II

Cuando no conoce el nombre de las calles o de los barrios le gusta preguntarlos. Dice algún comentario para que él le haga de guía turística, pero está lloviendo un montón y el bondi no avanza mucho. Pareciera que cada vez que ella pregunta ¿dónde estamos? y él le contesta que no avanzaron mucho, ella no lo entendiera del todo, entonces le repregunta ¿dónde estamos? y él le contesta que no avanzaron mucho. Porque es preferible eso antes que decirle que siguen en la misma avenida que en la pregunta anterior, o que pedirle que levante la cabeza un poco porque ella solita podía darse cuenta. Lo que él sabe es que ella pregunta mucho porque no quiere mirar. Le genera cierto placer tener el poder de inventar cada respuesta y seguramente se siente orgulloso de no mentirle, de responderle siempre lo mismo, de no estimularla y decirle que ya llegan. Entonces, cuando ella le siguió preguntando, didáctico como un padre cuando le responde a una niña, con el cuidado y la paciencia que nace del cariño y para no romperle la ilusión, él volverá a responderle lo mismo. No avanzaron mucho. Están en la misma avenida.

III

Para apropiarse de los espacios elige las sillas. En casa de él, le habían gustado una silla de las que acompañan a la mesa y un sillocito tipo sofá, de los de un cuerpo. Ella pensaba en la belleza de decir sofá de un cuerpo, y está en que el sofá podía siempre contener dos; y desafiar esa construcción semántica de sofá de un cuerpo la erotizaba un poco, porque luego de sentarse primero en la silla que acompaña la mesa, cuando él se iba a buscar algo, por ejemplo el té que le había pedido, se trasladaba al sillón de un cuerpo y se sentaba ahí como un bollito, abarcándolo por completo, considerando que su cuerpo ya no era cuerpo sino  un líquido contenido por un cuerpo sentado en una forma. Él debe saberlo, porque le mira las medias que para esta altura ya están secas y antes de tocarlas prepara el tacto, toma su guitarra y toca la guitarra, canta algo y entibia su boca; ella, mientras, prepara sus piernas, las desarma del bollito y las acerca a la guitarra, porque quiere el deslizamiento de su tacto. Una sola vez se besaron por la calle porque sí, recuerda. La primera vez que se vieron. Si no se van a hacer cosas con los cuerpos no se besan. Por eso las medias de nailon, por eso el hacerse un bollo para reemplazar su propio cuerpo, por eso las preguntas, la guitarra, el té, el bondi, la silla, la espera.


IV

Hay un momento del asunto en el que esta situación ya más o menos cotidiana se torna siniestra. Pasa a la mañana, cuando se despierta. Abre los ojos e intenta sentir que conoce las sábanas que la contienen y las mira mucho. Trata de reconocer los detalles y los va enumerando con la vista. Los objetos, las sensaciones, la persona que tiene al lado. En ese orden, porque lo último que asume que le cuesta reconocer es a la persona que tiene al lado. Entonces sucede un racconto mental e imparable, toda su historia amorosa llena su cuerpo y lo siente pesado, como si fuera a hundir la cama y tirarlos al piso en un accidente. Como no lo puede evitar le produce miedo. Como le produce miedo se activa la huida. Y cuando huye, le da tristeza. Es un misterio de dónde nace el sentimiento. Le duele el cuerpo y le produce cansancio. Sentir, la acobarda. Se da cuenta que nada la une a ese momento más que su propio esfuerzo que desestima, ni siquiera el abrazo. Porque no hay nada más triste que el miedo de que quien está al lado la agarre dudando. Él no supo de todo lo que ella vio y enumeró, ni de los monstruos que se le paran al costadito cuando está durmiendo. Sabe que cuando duermen hay algo, porque le hacen un lugar en medio y respetan con mucho cuidado no transgredir ese espacio. También saben que cuando hay un medio es porque existe una distancia que separa y tal vez esos seres imaginarios que duermen con ellos sean la cosa más verdadera que comparten (o acaso querer a alguien no es precisamente eso) y a ella esto le produce el terror, la tristeza y la huida necesarios para pensar que pasado el momento, puede que sea lo único real y perenne que tuvieron los dos porque sus sentimientos de amor cuando se vuelven monstruos, cobran vida, y lo destruyen todo.